una de series...

La estancia

Pablo llamó. Se retrasaría.

De todas formas, aunque hubiera llegado a la hora habitual, no se hubiera encontrado con Sara en casa, ya que la visita fue fría y rápida. Las visitas de Sara eran frías y rápidas, como las ráfagas de viento en invierno.

En realidad no se podía decir que no fuera cariñosa, porque en cierta manera sí lo era. Pero no era una persona que impregnara

Lo que ocurría realmente era que al hablar

Simplemente era una mujer de pocas palabras. Tenía una forma peculiar de resumir sus cavilaciones en frases escuetas y concisas y, de alguna forma, daba la sensación de ser un poco cortante. De ahí su aparente “frialdad”.

Al poco rato de aparecer por casa, las niñas se fueron a su habitación a jugar. La desconocida había dejado de ser novedad. En fin, así son los niños y, por otra parte, creo que Sara no había venido a mi casa a conocer a mis hijas.

La hice pasar al comedor y se sentó a la mesa, después de haber hechado un vistazo rápido al resto de la estancia.

- ¿Agua, té, café...?

- Acabo de tomar un café, gracias. - Sonrió.

- ¿No quieres nada? Tengo también zumo... Y, en fin, si quieres almorzar puedo ...

- No quiero nada, gracias.

- ¿Seguro?

Se encogió de hombros y parpadeó al mismo tiempo a la vez que decía:

- Agua. - por aplacar mi insistencia, supongo.

Yo me serví zumo de naranja y me senté con ella. Cara a cara. Nos miramos apenas unos segundos sonrientes, sin decirnos nada. Había pasado mucho tiempo, nuestras vidas habían cambiado, y supongo que habría sido natural que aquella situación me resultara extraña. Sin embargo, no sentí eso. Tampoco tuve la sensación de retomar una relación del pasado. Sencillamente habían pasado los años y Sara, de alguna forma u otra, siempre había estado presente. Como recuerdo o ausencia, eso sí, pero a pesar de ello, una sombra palpable y perceptible.

Después del qué tal habitual, le conté cómo había sido el paso facultad-vida real. Hablé largo y tendido, contándole cómo había evolucionado mi aventura con Pablo hasta el punto de convivir juntos y finalmente tener hijos. Le ofrecí todo tipo de detalles y explicaciones innecesarias sobre mi trabajo y mi vida en general. Sara escuchaba y de cuando en cuando susurraba un “aha... “ vago.

No le pregunté por qué había venido ni ella me lo explicó a mí.

- Pasaba por aquí y he subido.

Fue lo único que dijo al respecto.

Habló más bien poco y se despidió apenas una hora después.

- Tengo que irme...

La acompañé la puerta y, mientras llamaba al ascensor, se giró y dijo que se alegraba mucho de verme.

- Pásate cuando quieras...

- Claro. - Asintió. Abrió la puerta del ascensor y se fue.


No estaba muy segura de volver a tener noticias de ella.

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La visita

Llamaron al timbre repetidas veces, pero yo estaba en la cocina con el extractor.

- ¡¡Mamáaaa!! ¡¡Mamáaa!! - Natalia, la mayor, vino correteando por el pasillo hasta la cocina para avisarme de que había abierto la puerta.

- ¿Quién era, cariño?- le pregunté distraída mientras removía la masa del pastel de cumpleaños de Lucía.

- Mmm... no sé. Dice que es amiga tuya.

Con el ceño fruncido fui a toda prisa a la entrada, aún con el bol en la mano. Al abrir la puerta, el recipiente cayó estrepitosamente al suelo. La masa salpicó paredes y suelo.

Era ella.

- Holaa....- dijo con su habitual sonrisa irónica. Los saludos de Sara eran a dos tiempos, eran un "hó-laaa" cantarín que siempre arrastraban la última sílaba, quizá para tapar el silencio que venía después. Nunca hablaba mucho.

- Sara... Perdón... Soy un desastre... - aparté con el pie el recipiente a un lado, dejándole paso, y mientras le hablaba miraba mi pijama y me tocaba un poco el pelo. Las chiquillas curioseaban por detrás de mí, observando a la desconocida.

- Pasa... pasa... No esperaba a nadie. Bueno, sí, a Pablo... Pero vendrá luego. Estas son mis hijas. El jueves fue el cumpleaños de Lucía...

- ¡Yo soy Natalia!

- ¿Ah sí? ¡Qué mayor!! ¿Y tú, Lucía, cuántos cumples?

Me puse nerviosa. Hacía más de diez años que no nos veíamos. ¿A qué venía aquello?

Las tres mujeres de mi vida reían mientras yo miraba el reloj. Pablo llegaría en un par de horas...

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