Me dejó una sonrisa pintada en un paquete de Lucky.
Y luego se fue. Se fue con mi promesa de no llorar más y no fumar mucho. Y yo, a medida que fumaba cigarrillos me daba más cuenta de que la caja se llenaba de esperanzas de que él volviera...
Todo, todo, todo se reducía a un paquete de tabaco, un rectángulo de promesas. 7,5 X 5,5... y en ese espacio cabían todas las risas que nos habíamos echado juntos y todas mis ganas de volver a reír con él.
No quería que la caja se vaciara del todo. Porque entonces no habría por qué seguir guardándola. Entonces no sería más que un paquete vacío que debía acabar en la basura. Pero nunca sería solo un paquete.
Esa caja era la única prueba de que él había existido. Era algo absurdo, pero era así. Ese Lucky escondía su promesa de volver y mi esperanza de que volviera. Él nunca dijo que volvería. Yo nunca diría que le había estado esperando. Aunque la espera solo durara lo que tarda en consumirse un paquete de tabaco... era una espera tonta, fundada en unas palabras que nunca se habían llegado a pronunciar. Por eso yo nunca lo iba a reconocer.
Las esperanzas iban reemplazando a los pitillos, y cada vez la caja estaba más vacía pero más llena. El momento de fumarme el último cigarro se iba acercando poco a poco. En el fondo solo esperaba a que aquella caja se vaciara para acabar con esta estúpida espera y decidir qué hacer después. El problema es que no sabría qué hacer con aquél paquete tan vacío y tan lleno a la vez.
Mientras tanto, Miguel no era más que un Lucky de 7,5 X 5,5 con una sonrisa dibujada y una letra: M.