bus-stop
Ayer no eras nada.... Y hoy...
Hoy sólo eres un desconocido al que he mirado trece segundos más de los necesarios.
Hoy te vuelvo a ver. Te miro y veo como tú me miras. Ninguno de los dos cambia el gesto.
Siempre nos volvemos a encontrar. A la misma hora. En la misma parada. Día tras día.
Hoy me has sacado la lengua. Y me has hecho sonreír.
Esta ha sido la primera vez que nos saludábamos. Y ha sido un hola, alegre y corriente.
Cada vez que nos miramos se atisba un brillo de complicidad, una sonrisa divertida. Los saludos cada vez se alargan con complementos como qué tal.
En realidad, yo no tendría por qué subir a tu autobús. Pero hoy me invitas y, decidida, yo subo.
Este es el segundo viaje que hago contigo y ya sé cómo van las marchas y para qué sirven los botones. Sé también que tardamos una hora en hacer la ruta y que tú me invitas.
Hoy se ha subido el revisor. Y yo, para disimular, me pago el ticket.
El revisor es el único que sospecha algo. Pero tú y yo seguimos siendo amigos.
Hoy has hecho un descanso de cinco minutos de más. Hemos salido con cinco minutos de retraso. Y tu novia ha cogido el autobús anterior.
No quiero que lo vuelvas a hacer. Pero tú me calmas y me explicas que no querías que nos viéramos.
Mi novio tampoco sabe nada.
Sólo eres un conductor de autobús al que veía demasiado.
Mañana te dan las vacaciones. Y yo no sé si te volveré a ver.
Ayer me diste tu teléfono cuando acabamos la vuelta. Tú también tienes el mío.
Esperaré.
Me has llamado.
Y ninguno de los dos sabe qué hacer con el otro.