MeNtes
Una mirada cargada de tristeza, y una sonrisa en la que pesan más los años que aún no tiene.
Sus movimientos son lentos y precisos.
Hay algo en sus curvas que hace recordar a quien la mira que es más joven de lo que parece.
Tiene una voz dulce e inteligente, que no arrogante ni irónica. Y esto también sorprende: es una inteligencia cómoda y analítica; ella lo sabe y la asume. Sabe que tiene suerte de no sufrir una inteligencia retorcida y amarga, tan difícil de llevar.
Él en cambio, sí la padecía. Al final ella se cansaria de sus indolencias. Ella, racional, emotiva y sensible, algo que él quizá no entendería nunca. Era incapaz de entenderla porque estaba demasiado cómodo en su refugio de ideas y conceptos abstractos, tan alejados de la realidad palpable y sensible que constituía el día a día.
La admiración, era mutua.
Una mirada verde, sin gota de esperanza. Una sonrisa a medias, que no llegaba ni siquiera al gesto.
Silencios. Escuchaba lo que le decían con más o menos atención, dependiendo del discurso. Y luego: aire espirado a través de su nariz prominente. Sólo eso: aire espirado a través de su nariz prominente, y una media sonrisa, que ni siquiera llegaba a serlo.
La belleza clama atención. La inteligencia es más sutil en su reclamo, pero la admiración que genera es más profunda y más plena; es una admiración colmada y perdurable.
Quizá lo que seduzca de la belleza sea su instantaneidad, su brillo fugaz, tan inalcanzable y vano.
En cualquier caso, ambos eran jóvenes y bellos, y gozaban de una inteligencia sólo mejorable con la experiencia que les traerían los años.